Nov 1, 2026

ENGLISH

Today we celebrate the beautiful feast of All Saints. When we hear the word saints, perhaps we think of great people who lived many centuries ago, people who performed miracles or did extraordinary things. But today’s feast reminds us of something very important: Holiness is not only for a few special people. It is a calling for every one of us.

In today’s Gospel, Jesus gives us the Beatitudes. He says, “Blessed are the poor in spirit, blessed are the merciful, blessed are the clean of heart, blessed are the peacemakers.”

Jesus is showing us the way to become holy. And what is beautiful is that these qualities are not beyond our reach. We don’t need to perform great miracles to become saints. We don’t need to be famous or do extraordinary things.

We become holy through ordinary things done with extraordinary love. A mother who patiently cares for her family, a father who works honestly for his children, a person who forgives someone who has hurt them, someone who visits the sick, someone who helps a person in need, someone who chooses peace instead of anger — these are beautiful steps toward holiness.

My dear friends, the saints were not perfect people who never struggled. They were people who trusted God, got up when they fell, and continued walking with Him. They allowed God’s love to change their hearts.

Today, as we celebrate All Saints Day, let us remember that the saints are not simply people we admire; they are people we are called to follow.

Perhaps one day, when people remember our lives, they may not remember how much money we had, what position we held, or how successful we were. But they will remember how much we loved, how kindly we treated others, how generously we forgave, and how faithfully we lived our faith.

My dear brothers and sisters, we are all called to become saints. The path to sainthood begins right where we are, in our homes, in our families, in our workplaces, and in our daily lives.

May this beautiful feast inspire us not only to pray to the saints but also to follow their example.

And may one day, by God’s grace, we too be counted among those who stand before Him in the glory of heaven.

Amen.

ESPAÑOL

Hoy celebramos la hermosa solemnidad de Todos los Santos. Cuando escuchamos la palabra santos, quizás pensamos en grandes personajes que vivieron hace muchos siglos, personas que realizaron milagros o hicieron cosas extraordinarias. Pero la celebración de hoy nos recuerda algo muy importante: la santidad no es solamente para unas cuantas personas especiales. Es un llamado para cada uno de nosotros.

En el Evangelio de hoy, Jesús nos presenta las Bienaventuranzas. Él nos dice: «Bienaventurados los pobres de espíritu, bienaventurados los misericordiosos, bienaventurados los limpios de corazón, bienaventurados los que trabajan por la paz».

Jesús nos está mostrando el camino para llegar a ser santos. Y lo hermoso es que estas cualidades están al alcance de todos nosotros. No necesitamos realizar grandes milagros para llegar a ser santos. No necesitamos ser famosos ni hacer cosas extraordinarias.

Nos hacemos santos a través de las cosas ordinarias de cada día, realizadas con un amor extraordinario. Una madre que cuida pacientemente de su familia, un padre que trabaja honestamente por sus hijos, una persona que perdona a alguien que le ha hecho daño, alguien que visita a los enfermos, alguien que ayuda a una persona necesitada, alguien que elige la paz en lugar de la ira: todos estos son hermosos pasos hacia la santidad.

Mis queridos hermanos y hermanas, los santos no fueron personas perfectas que nunca tuvieron dificultades. Fueron personas que confiaron en Dios, que se levantaron cuando cayeron y que continuaron caminando con Él. Permitieron que el amor de Dios transformara sus corazones.

Hoy, al celebrar la Solemnidad de Todos los Santos, recordemos que los santos no son simplemente personas a quienes admiramos; son personas cuyo ejemplo estamos llamados a seguir.

Quizás algún día, cuando las personas recuerden nuestras vidas, no recordarán cuánto dinero tuvimos, qué posición ocupamos o cuán exitosos fuimos. Pero sí recordarán cuánto amamos, con cuánta bondad tratamos a los demás, con cuánta generosidad perdonamos y con cuánta fidelidad vivimos nuestra fe.

Mis queridos hermanos y hermanas, todos estamos llamados a ser santos. El camino hacia la santidad comienza precisamente donde estamos: en nuestros hogares, en nuestras familias, en nuestros lugares de trabajo y en nuestra vida cotidiana.

Que esta hermosa solemnidad nos inspire no solamente a rezar a los santos, sino también a seguir su ejemplo.

Y que algún día, por la gracia de Dios, nosotros también podamos ser contados entre aquellos que están delante de Él en la gloria del cielo.

Amén.